En anteriores post hablábamos del más que probable afortunado origen del vino.
Seguramente siguió una rápida y firme expansión geográfica a lo largo de los siglos que le ha llevado a su estado de bienestar actual.

El cultivo rudimentario de la vid para obtener su agradable zumo comenzó, según los datos más fiables, hace unos siete mil años en las imponentes laderas de la cordillera que los romanos llamaron el fin de la tierra y que ocupa las estribaciones del Cáucaso, al este del mar Negro (actual zona de Georgia y Turquía). 

Este cultivo se extendió en la única dirección posible, el sur, hacia las fértiles llanuras de Mesopontamia, y de ahí al este, llegando hasta la India y China; pero es hacia el oeste, a través de Armenia y Siria, donde encontró su tierra prometida: las riberas del Mediterráneo

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